Siento que he descubierto algo que no todos saben en cuanto a la espiritualidad y lo quiero conversar con ustedes. Mi teoría, o mi argumento, es que en cuanto a las religiones —más allá de si su historia es verdadera o falsa— ciertos rituales funcionan a nivel metafísico y te ayudan a encontrar paz. Por ejemplo, una iglesia, arquitectónicamente hablando, está construida para generar paz en la persona que entra. Más allá de si es verdadera o no la narrativa que te dé tu religión, si tú entras a un edificio que fue pensado para el silencio, vas a encontrar paz.
Bueno, haciendo un paréntesis les voy a contar un poco de mi historia. Yo vengo de una familia católica. Me bautizaron. Hice la primera comunión. Y en esa época sentía una paz increíble en mi corazón, en mi mente. Me acuerdo cuando salíamos de misa: tenía una sensación de pureza tan increíble que no la podía describir. Y a veces, cuando escuchaba ciertos cantos —canciones de iglesia— me entraba un sentimiento muy profundo y me ponía a llorar. Tanto así que, en esa época —habrá sido cuando tenía entre 10 y 12 años, la verdad no recuerdo con exactitud—, como no quería perder esa sensación de pureza y quería conservarla así para siempre, pensé en la opción de ser cura, ser padre. También fui monaguillo y fui parte del coro de la iglesia; ya más crecido, tipo 13 o 14, no recuerdo muy bien. Pero aquí viene el plot twist. A los 17, en el colegio, nos dieron la opción de elegir si hacer la confirmación o no. Y aunque la mayoría lo hizo, hubo un grupo pequeño —mis amigos, los rebeldes y artísticos— que decidimos no hacerla. A nivel personal, mi argumento era que quería dejar abierta la puerta para ver cómo eran las otras religiones antes de confirmarme en una. Y aunque a lo largo de mi vida nunca hice eso literalmente —eso de inscribirme a una religión, después a otra y otra, para ir probando—, no lo hice. Pero, sin embargo, conocí el mundo, vi ciertas cosas, y me di cuenta de que, en esencia, es lo mismo.
Sí, hay ciertas religiones que están construidas totalmente desde la malicia, para ganar dinero, para confundir a la gente. Pero hay otras que mantienen estructuras que funcionan, más allá de si son verdad o mentira. Y privarse de eso por un bloqueo ideológico me parece muy negligente. Te estás perdiendo de algo. De algo que te da paz —o que podría dártela— solo por creer o no creer.
Miren, les voy a contar algo más cotidiano. Todo esto, en parte, lo saqué de conversaciones que he tenido con personas que se identifican como ateas. A veces yo trato de convencerlas por ese lado: “No importa si es verdad o no, los rituales funcionan”, les digo. Tengo la impresión de que, en muchos casos, el ateísmo no nace solo de una postura intelectual, sino de un resentimiento profundo. He notado que detrás de ciertas posturas muy radicales suele haber dolor: pérdidas, traumas, experiencias de abandono. Y en ese sentido, lo que parece una negación total, a veces es solo una forma de decir: “Dios no estuvo cuando más lo necesité. Lo irónico es que, dentro de ese resentimiento, hay una creencia inherente de que Dios existe. Es como psicología a la inversa. No sé si me explico.
En un momento mientras escribía esto me imaginé a alguien
meditando, pero que fuera muy new age, y que haya cogido un poco de cada
religión para adornar su cuarto de meditación
. Y cada una de esas cositas que
tiene le funcionan de manera práctica, hasta llegar a un nivel de meditación
profunda. Me lo imaginé como una claqueta tipo cómic, graciosa… pero en el
fondo me hizo pensar. En esa escena, el personaje estaría súper meditando, en
un nivel increíble, exagerado, casi llegando al nirvana. Me imagino un caption
como: Espiritualidad en tiempos new age o El combo McNirvana.
Ahora, analicemos la situación como tal. Imagina que alguien en el mundo realmente hizo eso. Un gringo o una gringa que viajó, acumuló amuletos, vio distintas religiones y cogió un poco de cada una. Y esas cosas que tiene en su cuarto, en verdad, le funcionan. ¿Estaría haciendo algo mal en cuestión de moral?
Y es que me refiero también a la practicidad de ciertos objetos: por ejemplo, un cuenco tibetano, o tener uno de esos metales que se mueven con el viento y suenan, o cosas así, y usarlas todas al mismo tiempo, pero que de alguna forma funcionen.
Entonces, llegando a un nivel más profundo de pensamiento, se podría decir que mi forma de ver la espiritualidad es: estimular los sentidos para que se relajen. Porque, después de todo lo que acabo de decir, así es como lo veo. Y no solo eso, sino que te ayuda a equilibrarte. Cuando el sistema nervioso está muy alterado, eso te lo relaja. Llegando a este punto, siento que las palabras espiritualidad y sagrado están de más. Ya no sé de qué hablo cuando hablo de eso, porque me fui por tema netamente científico: del cerebro, del sistema nervioso y de cómo estos funcionan.
¿Y entonces por qué la humanidad llamó “sagrado” a ciertos ritos? Porque “me regula y me hace bien”. Yo creo que, resumiéndolo —y con el riesgo de pecar de simplista—, todo eso que nos autorregula, a un nivel profundo, es sagrado por su utilidad. Más allá de que no sepamos por qué, más allá de que la gente quiera creer o no creer, la gente que acude a esos rituales —y los respeta con mucho sacrificio— lo hace porque sabe que eso les da paz, que los autorregula. Por eso lo respetan tanto. Por eso lo llaman sagrado.
Me puedo imaginar perfectamente a las personas de la
antigüedad diciéndose a sí mismas: Este lugar me da paz. Hacer estas cosas
me dan paz. Las voy a preservar con cuidado.